La bajante del Paraná en un contexto de crisis climática y extractivismo ecocida.

Por Ramón Gómez Mederos, director de Gensur y miembro de la FeTERA

Está claro que la llamada crisis climática es una de las expresiones extremas de la debacle capitalista como sistema de organización de la sociedad, y de cómo esta forma ha impactado en la naturaleza y en las relaciones de la civilización humana con esta.

El cambio climático no es un evento abrupto que nace de la nada, es un proceso de degradación y corrosión de las estructuras mismas de los ecosistemas todos de las tierra toda, producto de la incidencia de un sistema político, económico y cultural como el capitalismo, el cual es totalmente incompatible y desgajado de la naturaleza como sistema de relaciones de vida.

Los países dependientes y periféricos de las naciones centrales, donde el capitalismo ha alcanzado niveles de desarrollo importante, están sumidos cada vez más en una lógica de intensificación de la extracción de materias primas que tienen como destino final esas naciones centrales, mega consumidoras suntuarias consonantes con un capitalismo voraz y ecocida.

Para este, la naturaleza toda es un gran commodities y un recurso financierizado y privatizado a gusto y piacere de sus gigantes corporaciones.

El Occidente ha tomado como valor un modelo de pensamiento que ha puesto estos principios como centrales en contradicción con las bases materiales que sostienen la vida en el planeta, la humana y la no humana. Tiene un pensamiento relacionado a una inexistente autonomía que lo ha “separado” de su contexto material, la naturaleza, de la cual es dependiente totalmente, lo cual lo hace además completamente vulnerable; no solo porque no puede sobrevivir solo, independiente de la naturaleza y de otros seres vivos; pero como si esto fuera poco, concibe los bienes que esta le puede proveer para la reproducción de la vida misma como infinitos y se desentiende de sus límites y los equilibrios ecológicos que consienten la vida humana y no humana.

La imagen de los pescadores artesanales a las orillas del Paraná y la posibilidad de caminar por el lecho del rio, sin poder pesca ni tomar agua de él, nos muestra esa dependencia que mencionaba arriba.

Claro que la brutal bajante del Paraná no es producto de la nada, y tiene razones concretas y tangibles, y esas razones están a la vista de todos.

Normalmente, el Paraná, nacido en Brasil y aumentado en territorio paraguayo y argentino, transita su enorme caudal 4880 kilómetros hasta diluirse mansamente en el Río de la Plata. Su caudal promedio histórico es de unos 16.000 metros cúbicos por segundo, en mayo pasado, 2021, solo transportaba 7000 metros cúbicos por segundo; bajante que viene intensificándose desde hace dos años, es decir que está marcando un ciclo de bajante que tiene una constancia de baja irrecuperable. 

Como menciona el sitio periodistasporelplaneta.com “El caudal medio mensual de menor afluencia de los últimos 50 años y apenas el 51% de su promedio histórico para ese mes. Según el reporte hidrológico de junio de la represa Yacyretá, resultó ser el segundo valor de caudal medio mensual más bajo de los últimos 120 años, luego del registrado en mayo de 1914”, el mismo artículo menciona un informe de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) donde menciona que “el Delta medio del río tenía a mediados de 2021 una cobertura de agua de apenas 6%, contra un 40% en tiempos “normales”. 

Entonces, la bajante constante del Paraná tiene un motivo concreto relacionado a lo que al principio mencionaba, el modelo productivo y de desarrollo actual para los países periféricos; que es, destinar a estos como proveedores de materia prima y commodities baratos, en un esquema que se completa con la pauperización del empleo, ajuste de los costos operativos de las empresas sobre la espalda de los trabajadores forzados a mayor productividad en condiciones ambientales adversas.

Esto, un modelo productivo aplicado a territorios zonificados para la agroindustria y su consiguiente intensificación del uso del suelo, principalmente para la siembra de soja transgénica, requiere para las corporaciones agroindustriales ganar territorios a la selva, al monte; es decir un cambio cualitativo del uso del suelo con la consiguiente y traumática desforestación y la incidencia del cambio climática de la región. Brasil sufre la sequia más grande de su historia, producto principalmente de la desforestación agroindustrial que ha dañado toda la cadena trófica, la biosfera y todo el sistema ecológico de manera irreversible. El tiempo de regeneración del bosque lluvioso tropical necesita al menos 500 años para ser revertido. “El Pantanal brasileño con una sequía más severa que el nordeste de ese país, donde la falta de agua es la norma. En mayo pasado, el Servicio Meteorológico brasileño emitió una alerta por la peor racha de lluvias en 91 años para los estados de Minas Gerais, Goiás, Mato Grosso do Sul, São Paulo y Paraná”.

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